Han pasado apenas 5 años desde que Facebook cambiara su nombre a Meta, con un anuncio protagonizado por Mark Zuckerberg metido en una especie de metaverso con personajes que recordaban a los de Nintendo Wii.
Aquel fiasco es uno de los más recientes que ha vivido la industria tecnológica, con una realidad obvia para Meta, que decidió desmantelar Reality Labs, la división de realidad virtual, ya que acumulaba pérdidas de 73.000 millones de dólares.
Además de que aquel anuncio original no terminó de convencer a los usuarios, estos tampoco consideraron una necesidad básica ponerse un casco de realidad virtual y acceder a un mundo prácticamente vacío.
Según los analistas de este mercado, Meta pecó de querer escalar muy rápido sin tener antes una base de usuarios fieles, además de que la tecnología no ofrecía ningún valor adicional al usuario normal y corriente.
En mitad de este escenario, otra de las tecnologías que vivieron un boom sin un retorno importante fueron los NFT, los cuales han desaparecido a día de hoy prácticamente, tras vender en sus inicios algunos activos por millones.
A la complejidad del desarrollo de una tecnología que sea segura, efectiva y que venda –que tenga un retorno económico– se suman también las limitaciones en la regulación, que retrasan su llegada.
Ni Hyperloop, ni coches voladores ni totalmente autónomos
¿Alguien se acuerda ya del Hyperloop de Elon Musk? En 2013, el propio Elon Musk aseguró durante su presentación que sería el «quinto medio de transporte», aunque la realidad es muy diferente.
Este método, que podría revolucionar el transporte de personas en las ciudades, se ha encontrado con varios inconvenientes, como los elevados costes operativos de su despliegue.
Curiosamente, el campo de pruebas de SpaceX, ubicado en Hawthorne, se ha transformado en un aparcamiento, mientras que la poca competencia que había, con la empresa Virgin Hyperloop, reconoció en 2023 que no era viable económicamente, e incluso podría ser peligroso.
Musk también cuenta en su hemeroteca con otros anuncios tecnológicos que aún no funcionan como deberían, como los coches totalmente autónomos de Tesla, con varios accidentes en Estados Unidos y fallos en el sistema, provocando heridos y muertes.
En este mismo país, en 2023 el fabricante Cruise tuvo que retirar su programa de conducción autónoma tras el atropello de un peatón en San Francisco y la ocultación de pruebas, algo que derivó en la retirada de las licencias pertinentes.
Y, si ni siquiera son capaces los coches de andar por su cuenta, algo aún más ficticio será verlos volar por nuestras ciudades. Aunque existen varios proyectos, aquí la regulación es bastante estricta.
A excepción de China, que mantiene un control importante en este sentido por parte del Estado, aunque ya ha establecido varios corredores aéreos anticipándose a las posibles necesidades de un futuro próximo.
En todos estos casos, hay varios factores que propiciaron su fracaso, como no pensar en las necesidades reales de los consumidores, un optimismo desmesurado en la presentación con discursos grandilocuentes y ausencia de ingresos.
Lo cual no quiere decir que no sean proyectos importantes, ya que facilitarían la vida a los usuarios, sino que se han ejecutado con promesas vacías incapaces de materializarse.


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