El conocimiento humano a lo largo de la historia se ha enfrentado siempre a su propia fragilidad: guerras que acababan arrasando bibliotecas, manipulaciones de documentos e incluso el olvido más absoluto al no tener formatos que aseguraran su supervivencia.
A lo largo de los milenios de historia, no ha habido un solo evento histórico que supusiera una pérdida total del conocimiento humano, sino más bien un cúmulo de desafortunados acontecimientos que han llegado a devastar la información disponible.
Así ocurrió con lugares memorables como el incendio de la Gran Biblioteca de Alejandría y el Serapeo, que quizás fueron los centros más importantes de la intelectualidad a nivel global, ambos perdidos entre guerras y conflictos que pretendían la unificación del poder, mas no la del conocimiento universal.
Pero todos estos desastres dejaron lecciones a los humanos por venir: todo aquel conocimiento que no se distribuye corre el riesgo de perderse en los anales de la historia, más aún cuando los conflictos a nivel internacional están a la orden del día.
Para la preservación de la especie, se creó en Svalbard la Bóveda Global de Semillas, ante lo que las autoridades encargadas de la alimentación mundial veían como un riesgo evidente: la pérdida de la diversidad de cultivos podría derivar en una catástrofe para la humanidad.
El cambio climático provocado por la huella del ser humano, un conflicto bélico a nivel mundial o una pandemia podría acabar totalmente con estas tierras imprescindibles para los seres vivos. Aunque los investigadores no solo pensaron en la alimentación más básica, sino que Svalbard representa el punto más importante para el futuro a todos los niveles, también en lo que referente a la tecnología.
Svalbard, la tierra de conflictos que representa el futuro de la humanidad
El archipiélago noruego Svalbard –anteriormente conocido como Spitzbergen– ha sido uno de los territorios más curiosos a nivel histórico. Durante los siglos XVII y XVII mantuvo el título de terra nullius –tierra de nadie por su traducción–, con lo cual los balleneros de cualquier otra región podían explotar sus tierras sin que existiera una regulación.
Con el Tratado de París firmado tras la Primera Guerra Mundial, se acabó firmando el Tratado de Svalbard (2020), con el objetivo de reconocer una especie de soberanía parcial de Noruega sobre estas tierras, pero asegurando que cualquier otro Estado pudiera disfrutar en igualdad de condiciones de las materias primeras del territorio.
Afortunadamente, el artículo 9 de este Tratado de Svalbard explicita que no se pueden establecer bases navales o con fines militares, con lo cual esta tierra es una especie de utopía en la que científicos e investigadores guardan lo más preciado del planeta Tierra.
Lo cual no resta que sea una zona de conflictos geopolíticos a las que, además de Noruega, también miran Estados Unidos y sus aliados de la OTAN, Rusia e incluso China durante las últimas décadas, esta con intereses para mantener su ruta de la seda polar, con el objetivo de asegurar una ruta comercial en el futuro, sobre todo ante el deshielo en los polos.
En Svalbard se encuentra actualmente la Bóveda Global de Semillas para asegurar el futuro de la humanidad ante una catástrofe ecológica y la pérdida de la biodiversidad de los cultivos que alimentan tanto a seres humanos como a la ganadería.
Pero GitHub ya pensó en que el ser humano no sería nada solo con semillas, sino que el conocimiento tecnológico tendría que ser preservador en otra bóveda para no retroceder siglos atrás en el tiempo. Y, en 2020, creó su propio proyecto para la preservación del código abierto.
La bóveda que preserva el futuro de la humanidad ante una catástrofe
Para preservar un documental digital, lo más importante no es el contenido, sino el continente. No es lo mismo en pendrive que un CD o una memoria SSD, y mucho menos aún las tecnologías que se han investigado más recientemente para conservar documentos informáticos hasta por un milenio.
Aquí ya no se conservan restos biológicos como pueden ser semillas; el verdadero reto reside en conservar documentos, aunque GitHub presentó hace 6 años su proyecto clave para ello, el Artic Code Vault, una especie de bóveda digital para la preservación de la historia informática de la humanidad.
Se enmarca dentro del programa Artic World Archive (AWA) y representa el centro de la memoria digital de todo el planeta Tierra. Ubicado en una mina de carbón en el Ártico, precisamente en esta región parcialmente alejada de las pretensiones territoriales de las grandes potencias, mantiene 186 carretes de película de haluro de plata con hasta 21 terabytes de código fuente esencial –incluyendo Python y Linux–.
Ante una futurible catástrofe, esta cúpula alojada bajo el permafrost y bien conservada podría restaurar totalmente la tecnología para las futuras generaciones, también con instrucciones para su uso; es decir, no solo se conservan datos, sino también una guía para interpretarlos.
El mencionado permafrost favorece que no existan fallos de energía derivados de un calor excesivo para los componentes, además de que estos materiales podrían aguantar décadas y décadas –sin tener en cuenta las últimas innovaciones– gracias al frío.
Adicionalmente, como ya se ha mencionado, Svalbard es una región parcialmente protegida ante agresiones internacionales; parece ser una utopía terrestre en la que los ejércitos no pueden entrar para guerrear.
Incluso ha habido visitas recientes de diplomáticos de diferentes países para confirmar que la humanidad ha de preservar este rincón ártico como un lugar de paz y de conversación, sin misiles o drones que pongan en riesgo la integridad de Svalbard.
En la actualidad, la bóveda tecnológica impulsada por GitHub junto a otras organizaciones como Internet Archive guarda aproximadamente 70.000 copias de seguridad provenientes de 31 depositantes, con un total acumulado de más de 1 millón de muestras y 93 instituciones activas asociadas con el programa.
Con países asociados entre los que también se encuentra España, por lo que el código abierto se posiciona como una garantía de supervivencia tecnológica ante una posible catástrofe.
Sea como sea, un tratado no constituye algo «obligatorio» para los países, como ya se ha visto en diferente guerras. Afortunadamente, Svalbard sí parece ser una zona respetada, como se ha visto con la retirada de semillas en el caso de esa bóveda para abastecer a regiones en conflictos abiertos.


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