La noche que cambio la historia de la informática para siempre: cuando Linus Torvalds rechazó a Steve Jobs y salvó Linux

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La oferta que Steve Jobs puso sobre la mesa hace dos décadas parecía perfecta sobre el papel. Apple buscaba talento para consolidar su nuevo sistema operativo y el creador de Linux era el candidato ideal por su conocimiento de Unix.

Sin embargo, aquel contrato tenía una cláusula que lo cambiaba todo. Y es que para aceptar el puesto y el salario millonario, Linus Torvalds debía abandonar el desarrollo de su propio núcleo.

Esta condición delata que no se trataba de una simple colaboración, sino de un movimiento estratégico para desactivar a la competencia. En aquel momento, Apple necesitaba legitimar su apuesta por el software propietario y la existencia de una alternativa libre suponía una amenaza.

Si lograban apartar a la figura central del proyecto, Linux perdería su rumbo técnico y dejaría el camino libre para que Mac OS X se convirtiera en el estándar dominante sin rivales en el mercado.

La jugada maestra que Apple nunca consiguió

Torvalds rechazó la propuesta porque entendió el riesgo que suponía para la gobernanza del software. Un proyecto de código abierto necesita un líder neutral que no responda ante los intereses de una sola corporación.

Además, la licencia GPL garantizaba que ninguna empresa pudiera apropiarse del código, porque el desarrollo distribuido permitía que mejoras llegaran desde cualquier parte del mundo.

La separación entre kernel y aplicaciones facilitaba innovación independiente en capas superiores. Todo esto funcionaba porque existía un árbitro respetado que tomaba decisiones finales sobre qué código entraba al núcleo del sistema.

De hecho, muchos proyectos de software libre han colapsado precisamente por falta de ese liderazgo reconocido. No por autoritarismo, sino por ausencia de puntos de referencia compartidos que coordinen esfuerzos dispersos.

Si hubiera pasado a la nómina de Cupertino, la comunidad de desarrolladores se habría fragmentado y grandes empresas como IBM o Intel habrían dejado de invertir en una plataforma controlada indirectamente por un rival.

Y es que la independencia es lo que mantiene la cohesión del sistema. Al decir que no, Torvalds aseguró que el desarrollo del kernel siguiera basándose en criterios puramente técnicos y no en las necesidades comerciales de Apple.

Al final, esto permitió que el código siguiera abierto para que cualquiera pudiera mejorarlo, adaptarlo y utilizarlo sin restricciones de licencias propietarias. Fue un duro golpe para Steve Jobs.

Dos caminos opuestos para la tecnología

Aquella negativa provocó una bifurcación total en la industria que define el panorama actual. Apple siguió su camino para crear un ecosistema cerrado, vertical y extremadamente rentable centrado en el usuario final, perfeccionando productos como el Mac y posteriormente el iPhone.

Por el contrario, Linux mantuvo su independencia y se convirtió en la base invisible de toda la infraestructura digital. Hoy mayoría de las empresas, servicios y todo lo que puedas imaginar dependen de esta decisión, incluso cada vez que usas la nube, accedes a un servidor web o utilizas un móvil Android.

Mientras Apple ganó la batalla de los dispositivos de diseño, la independencia de Torvalds permitió que Linux dominara todo lo demás, convirtiéndose en el estándar universal de la computación moderna.

 

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