Han pasado ya más de 40 años desde que el escritor canadiense-estadounidense William Gibson inventara en su libro de ciencia ficción Neuromante una sociedad completamente dominada por los implantes de chips bajo la piel.
En este mundo ficticio, el escritor inventó los microsofts, unos chips fabricados con silicio que se conectaban a un zócalo en el cerebro del ser humano, permitiendo aprender directamente idiomas o habilidades especiales de combate.
Desde el año 2017, esto parece ser una realidad, aunque en un diseño mucho más minimalista, del tamaño de un grano de arroz, y que se inserta en una parte de la mano, pudiendo la persona abrir puertas o pagar directamente con su cuerpo.
La compañía estadounidense Three Square Market fue la primera en proponer a sus trabajadores que pudieran pagar o acceder a sus oficinas mediante un chip implantado en la piel, con tecnología RFID, la categoría general para comunicaciones como el NFC.
Este tipo de dispositivos hicieron saltar las alarmas de la Food and Drug Administration (FDA) de Estados Unidos, la agencia encargada de proteger la salud pública, que lanzó un comunicado advirtiendo de los riesgos.
A pesar de asegurar que no tenían conocimientos de ningún efecto adverso sobre la salud de las personas, con el uso de RFID, sí compartieron varias preocupaciones.
¿Es seguro llevar chips bajo la piel?
Al hablar de biotecnología, la seguridad se basa en 2 factores muy importantes, como son la integridad física del usuario y el ámbito de la ciberseguridad, ya que el hackeo de un chip en el propio cuerpo podría llevar incluso a la muerte.
En el caso de los implantes de chips NFC, es cierto que pueden existir algunos inconvenientes, como el desplazamiento de este o inflamación local leve durante la instalación, aunque nada más allá de esto. Con un «pero» que comparte la FDA.
«Existe preocupación por el peligro potencial de interferencia electromagnética (EMI) con los dispositivos médicos electrónicos de transmisores de radiofrecuencia como RFID», asegura la FDA.
Hay que destacar que estos chips están fabricados con materiales biocompatibles y funcionan de forma pasiva, con lo cual no cuentan con ninguna batería, y solo se activan al reconocer un transmisor NFC a unos 5 centímetros de distancia.
De la misma forma que ocurre con las tarjetas de crédito o cualquier dispositivo que cuente con este tipo de chip, hay que entender que si te acercan a esa distancia un lector NFC podrían clonar la información de este.
Es algo muy poco habitual y tendrías que dejar básicamente que una persona tuviera acceso –y conocimiento– a tu chip, un riesgo en seguridad a considerar en este tipo de tecnología.
Sobre todo: ¿es esto rentable para una persona corriente?
Llevar un implante o chip en la piel es una decisión muy importante, ya que lo llevarás a todas partes; una tarjeta de débito o crédito, o incluso el móvil, siempre se puede quedar en casa cuando salgas.
Para hablar de la rentabilidad de este negocio, hay que entender que la mayoría de las personas no están dispuestas a incorporar tecnología «dentro» de su cuerpo, más allá de lo que puedan ser aparatos para la salud.
A nivel económico, un paquete que incluya el chip junto al procedimiento de instalación puede quedarse perfectamente entre los 150 y los 300 euros, por lo que es menos asequible que un móvil de gama media que ya cuente con NFC.
Adicionalmente, hay que tener en cuenta la obsolescencia programada de la tecnología, ya que el chip instalado podría quedar desfasado por los cambios en este tipo de conectividad durante los próximos años.
Y no es lo mismo cambiar de móvil o tarjeta de crédito que someterse de nuevo a una operación, por poco invasora que esta sea.


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