A finales de los años 60 y principios de los 70, estas dos grandes figuras de la tecnología, aún muy jóvenes, dedicaron gran parte de su tiempo a trastear con los sistemas telefónicos. Todavía estaban bastante lejos de que Steve Wozniak y Steve Jobs fundasen Apple.
Por supuesto, en aquellos años no había móviles ni internet. Lo que había eran infinidad de cables, centralitas y un sistema complejo de comunicación. Y en ese contexto nacieron las llamadas Blue Boxes, dispositivos que permitían manipular el sistema telefónico.
Con esas cajas podían generar tonos específicos que engañaban a la red telefónica y, en algunos casos, hacer llamadas sin pagar. Y entre prueba y prueba, ambos decidieron ir un paso más allá. No solo querían ver si funcionaba, también querían ver hasta dónde podían llegar.
Entre sus objetivos había uno muy concreto y curioso: el Vaticano. Según ha contado el propio Steve Wozniak en varias ocasiones, la idea no era realmente hablar con el Papa, sino comprobar hasta dónde llegaba el sistema. Le interesaba más entender el comportamiento del sistema que el hecho de hacer algo que no debiesen.
Una llamada que empezó como un juego y terminó con Wozniak haciéndose pasar por Henry Kissinger
En aquel momento, el Papa era Pablo VI, una figura completamente fuera del alcance de cualquier estudiante normal. De nuevo, la idea no era tanto hablar con él como comprobar si el sistema podía escalar hasta los niveles más altos de la red.
Pero aquí entra la parte más curiosa: Wozniak decidió fingir ser Henry Kissinger, secretario de Estado de Estados Unidos en ese momento.
El objetivo era ver si el sistema respondía como debía y ver si podía escalar por la jerarquía de centralitas hasta ese lugar. Sin embargo, la broma no llegó tan lejos como esperaban y la conversación se cortó antes de poder comprobarlo.
Lo que sí quedó claro es que habían entendido algo importante: el sistema tenía grietas, pero también límites muy estrictos.
¿Qué es una ‘Blue Box’, el sistema que probaban Steve Jobs y Wozniak?
En aquellos años, las llamadas de larga distancia no se controlaban como hoy. Funcionaban con tonos de audio muy concretos que viajaban por la misma red que la voz. Esos tonos servían para decirle a las centralitas qué hacer: conectar una llamada, cambiar de destino o liberar la línea.
La idea es que esta red entendía órdenes en forma de sonido. Una Blue Box generaba esos mismos sonidos. Es decir, imitaba las señales internas que usaban las operadoras telefónicas. Al reproducirlos en el momento exacto, el sistema podía pensar que la orden venía de la propia red.
De ahí que se pudiese hacer llamadas de larga distancia sin pasar por el proceso normal. El usuario marcaba un número normal y, en algún punto del proceso, introducía los tonos correctos desde la Blue Box para comunicarse con la red. Si todo iba bien, la central telefónica aceptaba las órdenes como válidas.
Lógicamente, no había verificación ni sistemas de seguridad avanzados. Si bien esto hoy sería impensable, en aquel momento la telefonía estaba diseñada más para funcionar que para resistir ataques.

Deja una respuesta