La cooperación internacional ha marcado las últimas décadas en lo que se conoce como la astrogeopolítica, los intereses comerciales y económicos de diferentes potencias que ven el espacio como otro terreno más de batalla política.
Pero el avance impresionante de China a lo largo de los años, además de sus disputas ideológicas con los países occidentales –y también con la extinta Unión Soviética–, hicieron que el gigante asiático tuviera que quedarse prácticamente solo en este campo.
En la década de los 60, la URSS y China se enfrentaron por diferencias en sus modelos ideológicos, en una Guerra Fría que enfrentó al bloque socialista con el bloque capitalista, liderado este último por Estados Unidos.
Todas estas diferencias se han hecho más evidentes con el paso de los años y, sobre todo, con el inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania, que hizo que la primera potencia se acercara más aún a China, ante las sanciones internacionales impuestas por los aliados occidentales.
Sin embargo, no solo las guerras han sellado el presente y futuro de la industria aeroespacial de China, sino también un sistema totalmente diferente al de la NASA, que comparte siempre sus misiones espaciales, también las de compañías privadas.
A diferencia de EEUU, China mantiene su secretismo debido a que su programa combina usos militares y civiles, apenas anunciando minutos antes sus lanzamientos, un cambio de paradigma que marca el inicio de una era en la que la colaboración internacional parece más bien un sueño del pasado.
La industria aeroespacial continúa dividida en 2 grandes bloques
Para ilustrar lo que se viene a denominar como astrogeopolítica, primero hay que poner los pies en la Tierra, ya que los conflictos diplomáticos y bélicos han formado parte de la estrategia a futuro de 2 bloques muy bien diferenciados.
En primer lugar, con un bloque occidental liderado por la NASA de Estados Unidos, muy marcado por contratos con el sector privado –con SpaceX o Blue Origin, entre otras–, con socios tradicionales, como Europa, Japón (JAXA), Canadá y otras regiones emergentes.
En segundo lugar, con un bloque liderado ahora por China y con Rusia como el socio principal tras las sanciones de hace varios años, lo que ha llevado a que otros países se sumen a esta, como Pakistán, Egipto o Bielorrusia, socios tradicionales de este bloque.
A diferencia del bloque occidental, China mantiene una política mucho más centralizada y casi sin diferencia entre el sector civil y militar, incluso con su propia estación espacial, conocida como Tiangong.
Pero aunque la ideología pueda marcar este devenir, lo más destacable es la diferencia con la época de la Guerra Fría, cuando EEUU y la URSS firmaron acuerdos para limitar la militarización de este sector, una utopía que a partir de los 90 comenzó a desmoronarse.
De esta forma, China mantiene a la Administración Nacional del Espacio de China (CNSA) como un brazo asociado al Ejército Popular de China (EPL), que controla desde infraestructuras críticas hasta centros de mando y, por supuesto, tiene la última palabra sobre cada decisión estratégica en esta industria.
China adelantó a EEUU, pero sin grandes anuncios
La misión Artemis de la NASA –en colaboración con sus socios– fue uno de los eventos más importantes del último año, ya que EEUU logró llevar de nuevo a la Luna a sus astronautas, aunque sin alunizar, simplemente para validar la tecnología actual.
No obstante, China ha sido el único país que ha explorado y alunizado en la cara oculta de la Luna, durante las misiones robóticas Chang’e 4 y Chang’e 6, con el objetivo de recolectar muestras vitales para la investigación en la Tierra.
Con ello, el avance del gigante asiático ha sido prácticamente imparable, con un nuevo récord que busca conseguir para el año 2030: llevar a sus astronautas a la superficie de la Luna.
A partir de ahí, el plan es aún más ambicioso, con un plan para construir la denominada como Estación Internacional de Investigación Lunar, ubicada en el Polo Sur del satélite natural de la Tierra.
Al mismo tiempo, la Estación Espacial Tiangong continúa añadiendo módulos científicos ante los últimos años de vida útil de la Estación Espacial Internacional (EEI), quizá el hito histórico más importante de colaboración en el espacio, incluso entre potencias enemistadas históricamente.
Ahora bien, aunque se conocen bastantes detalles de estas misiones, hay otras que han quedado ocultas tras el secretismo militar chino, como ha ocurrido con su Shenlong –nombre aún no confirmado–, un avión espacial no tripulado del que apenas existen imágenes y que es reutilizable.
Un contraste evidente con misiones a este lado del mundo, como las llevadas a cabo por SpaceX o por PLD Space, la startup española que busca esto mismo con su cohete espacial reutilizable, el MIURA 5.
Aparte de este hito, que quizá sea el más importante para ahorrar costes en esta carrera de fondo, aparecen otros como el reabastecimiento de combustible en órbita geosíncrona que, según la inteligencia de EEUU, podría suponer directamente el robo de satélites en órbita mediante una especie de garras robóticas.
Incluso en lo que tiene que ver con órbitas extremadamente bajas (VLEO), China parece ser capaz de evadir la detección de los radares convencionales, una clara ventaja en el espionaje militar de la Tierra, con tecnologías que los países occidentales aún no han conseguido.
Sea como sea, el hermetismo de China no implica un retraso tecnológico, sino más bien una postura estratégica, que deja la transparencia y el marketing a un lado, con un claro enfoque en lo militar.
Este nuevo paradigma supone la ruptura con lo visto hasta ahora, en un período en el que la sociedad civil podría dejar de ser testigo de este tipo de misiones, una brecha clara en la que la verdadera perjudicada es la cooperación internacional y el intercambio de ciencia entre países.


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