Pocas ideas han acompañado tanto a Windows como la creencia de que cualquier instalación acaba volviéndose lenta con el paso de los meses. Es una teoría entre usuarios de PC que ha alimentado incontables debates sobre si el sistema operativo pierde rendimiento simplemente por el uso continuado.
Esa percepción ha provocado que muchos usuarios adopten medidas drásticas cuando notan que su ordenador ya no responde igual que antes. Por ello, formatear el equipo o reinstalar Windows se convirtió durante años en una especie de ritual para recuperar la velocidad, aunque no siempre estuviera claro si el problema era realmente el sistema.
Para comprobar qué hay de cierto en esta teoría en pleno Windows 11, el experto en tecnología y colaborador de MakeUseOf, Shaheer Khan, decidió hacer justo lo contrario de lo que suele recomendar.
Habitualmente aconseja realizar tareas de mantenimiento periódicas en cualquier ordenador para que esté a punto para la jornada de trabajo del día, comparando este cuidado con las revisiones que necesita un coche. Sin embargo, optó por abandonarlas durante varios días para observar qué ocurría realmente.
Puso a prueba uno de los mayores mitos de Windows
El llamado «desgaste de Windows» no es un término oficial de Microsoft, pero tradicionalmente se utiliza para describir la sensación de que el sistema operativo se vuelve más lento con el paso del tiempo.
Lo interesante del experimento es que Khan concluye que el concepto existe, pero no exactamente de la forma en que muchas personas creen. Según explica, el software no se degrada físicamente, sino que lo que sucede es que Windows va acumulando elementos que consumen recursos.
Entre ellos aparecen archivos temporales, cachés, aplicaciones que arrancan automáticamente, procesos en segundo plano y programas que permanecen instalados aunque ya no se utilicen.
Para poner a prueba esta idea, dejó de realizar varias tareas habituales. Por ejemplo, ignoró la limpieza de cachés del navegador, permitió que volvieran a ejecutarse apps de inicio que tenía desactivadas y evitó otras rutinas de mantenimiento que normalmente realiza cada semana.
Los resultados fueron evidentes, ya que el tiempo de arranque pasó de 19 a 25 segundos, mientras que el periodo necesario para que el ordenador estuviera completamente operativo aumentó de 30 a 50 segundos.
También observó un incremento importante en el uso de la memoria, donde el consumo de RAM en reposo subió desde aproximadamente 4,1 GB hasta 6,7 GB, mientras que bajo una carga de trabajo habitual pasó de 8,5 GB a 10,9 GB.
El procesador reflejó una tendencia similar, ya que el uso de CPU en reposo aumentó desde valores situados entre el 1 % y el 3 % hasta niveles comprendidos entre el 7 % y el 9 %.
El verdadero problema no es Windows, sino todo lo que se acumula alrededor
Cabe señalar que Windows 11 ya incorpora mecanismos para reducir buena parte de estos problemas. Herramientas como Storage Sense eliminan automáticamente determinados archivos innecesarios y ayudan a mantener el espacio de almacenamiento bajo control.
Además, algunos problemas históricos asociados a versiones mucho más antiguas de Windows han perdido relevancia con los años. Pero Shaheer Khan atribuye la lentitud principalmente a la acumulación de procesos, datos temporales y apps funcionando al mismo tiempo.
En su caso, el uso intensivo del ordenador aceleró todavía más este efecto, llenando almacenamiento y consumiendo memoria de forma progresiva. Así que la conclusión desmonta parcialmente uno de los mitos más antiguos del ecosistema Windows.
El sistema operativo no se corrompe ni envejece por sí solo, pero ignorar durante demasiado tiempo todo aquello que se acumula a su alrededor acaba teniendo consecuencias visibles.
De esta manera, el problema no es una supuesta degradación interna de Windows ni de los componentes, como el procesador, el disco duro o la memoria RAM, sino la suma de pequeñas cargas que terminan restando recursos al equipo día tras día.


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