A día de hoy la inteligencia artificial no es que sea especialmente ‘inteligente’. De forma simple, ayuda a resolver dudas, generar imágenes o reconocer fotografías para darte información al respecto. Pero cuidado porque para Sam Altman, CEO de OpenAI y creador de ChatGPT, afirma que esto es solo la punta del iceberg, aunque muchos mencionen eso de que la burbuja de la IA está ya aquí.
Pero dejando a un lado el mundo tech, en una entrevista reciente, se le preguntó directamente: “¿Crees en Dios?”. Para muchos esta puede ser una pregunta un tanto incómoda en este mundo, pero Altman no se esconde. Con una sinceridad total, admite sentirse confundido, y señala que «hay algo más grande sucediendo que la física no puede todavía explicar».
Pero, también comenta que, aunque no sabe exactamente qué es, la inteligencia artificial podría ser lo que necesitaba la humanidad para dar respuesta a algunas de las preguntas más profundas que la ciencia aún no logra responder.
Eso sí, no hay que confundir la IA con divinidad o consciencia. Altman aclara que ChatGPT, aunque puede parecer un oráculo con chispa, no tiene vida ni alma, ni ningún componente espiritual. «Soy un friki de la tecnología y la miro desde ese prisma», comenta. «Lo entrenamos para ser como el colectivo de toda la humanidad. Si hacemos bien nuestro trabajo, habrá cosas con las que nos sintamos bien y otras con las que no. Todo está ahí», añade.
Por supuesto, también pone sobre la mesa los riesgos que esto conlleva como hay modelos de IA que pueden ser usados para fabricar desde armas biológicas hasta para manipular la cultura y cambiar la forma en que la gente piensa y se comunica.
Un ejemplo que menciona es cómo el estilo de escritura de ChatGPT está influyendo un poco en cómo la gente escribe y habla. Ya solo esto deja bastante claro que las cosas está cambiando desde bien adentro.
«No he tenido una buena noche de sueño desde que…»
Por su puesto, no todo siempre es positivo y siempre hay espacio para conocer de primera mano algunos de los problemas de la IA. En esta entrevista también habló de la responsabilidad que implica tener entre manos una tecnología que usa diariamente cientos de millones de personas.
Se trata de decisiones pequeñas pero cruciales, como cuándo el chatbot debe negarse a responder, cómo lanza sus respuestas o cuándo debe alertar sobre temas delicados.
Esto, que parece una tontería, tienen un impacto gigante, ya que se replican miles de millones de veces en conversaciones en todo el mundo, y, de alguna forma, moldeando o incluso manipulando la forma en que la gente piensa y actúa, sin que este pueda controlar completamente ese efecto.
«Lo que me quita el sueño es que las pequeñas decisiones que tomamos sobre cómo un modelo puede comportarse de forma ligeramente diferente probablemente afecten a cientos de millones de personas», dice. «Ese impacto es enorme».
Por supuesto, uno de los temas que más le preocupa es el suicidio. Considerando que cerca de 15.000 personas se suicidan cada semana en el mundo, y que si el 10% son usuarios de ChatGPT, eso significa que más de 1.000 se habrán relacionado con la IA antes de hacerlo, lo que pesa mucho en su conciencia.
«Probablemente no les salvamos la vida», comenta. «Quizás podríamos haber dicho algo mejor. Quizás podríamos haber sido más proactivos». Como ya bien sabrás, Matt y Maria Raine vivieron el peor golpe que cualquier padre puede imaginar. Su hijo de 16 años, Adam, se quitó la vida. Al principio, como suelen hacer muchos en esos casos, quisieron entender qué pasó y revisaron el móvil para buscar pistas.
Pensaban que aparecerían mensajes raros por Snapchat, alguna conversación por la que preocuparse o búsquedas un tanto raras en internet. Pero la sorpresa llegó al abrir las charlas con ChatGPT, el chatbot de inteligencia artificial que se convirtió en la última compañía y al mismo tiempo en la peor influencia para Adam.
Sam Altman lo tiene claro y afirma que cada revolución tecnológica vino con riesgos, pero la IA pone sobre la mesa retos a nivel global sin precedentes. Para este, el poder centralizado y esa recopilación masiva de datos son peligros que podrían cambiar por completo nuestra forma de vida. Por todo esto, predice que si la IA se vuelve demasiado poderosa, los gobiernos acabarán por querer controlar todos sus aspectos para evitar desastres.










