Llevamos años asumiendo una regla no escrita del mercado tecnológico, y es que con el tiempo, los dispositivos mejoran tanto en software como en hardware y al mismo tiempo su precio se estabiliza.
Por ello, cada vez que renovamos un teléfono, damos por hecho que obtendremos una pantalla más brillante, un procesador más potente y rápido, así como mejores cámaras sin desembolsar más.
No obstante, tendremos que olvidarnos de esto. 2026 pinta una anomalía histórica, donde por primera vez en décadas, el dispositivo que compremos el año que viene podría ser peor que el que tenemos en el bolsillo ahora mismo.
¿El culpable? Un «impuesto a la IA» invisible que no mejora las especificaciones técnicas, sino que financia la capacidad de las funciones ocultas que estarán potenciadas por algún modelo de inteligencia artificial.
Una guerra de suministros en la sombra
No se trata de la inflación ni del coste de los envíos, sino que el verdadero problema será una escasez brutal de memoria RAM. Una situación que no solo está resintiendo el mundo del PC, sino que se trasladará a los móviles.
Los gigantes tecnológicos están construyendo centros de datos masivos para entrenar sus modelos de IA, y esas granjas de servidores devoran los mismos chips de memoria avanzados que necesitan nuestros teléfonos.
Según un informe reciente del medio surcoreano Naver, esta demanda voraz ha provocado el mayor aumento de precios de la memoria en los últimos 26 años.
Los fabricantes de smartphones se han quedado al final de la cola, peleando por un stock escaso y pagándolo a precio de oro. La consecuencia es directa: fabricar el mismo móvil hoy costará mucho más que hace un año.
Canibalizar el hardware para alimentar al software
Para que un teléfono ejecute las funciones de IA generativa que los departamentos de marketing nos venden, el dispositivo necesita mucha más RAM y más rápida. Pero el presupuesto para fabricar cada unidad es finito.
Si marcas como Samsung tienen que pagar la memoria a precios históricos, deben recortar gastos en otro sitio para no poner el móvil a la venta por 2.000 euros. Por ello, la víctima más probable será la cámara.
De hecho, existen indicios sobre el futuro Galaxy S26 que sugieren que la compañía podría frenar las mejoras ópticas o mantener sensores antiguos para compensar el sobrecoste de la RAM.
Es por esta razón que estamos pagando por funciones de IA más capaces, pero nos arriesgamos a quedarnos con un recorte en las especificaciones técnicas. Los expertos saben que el hardware se canibaliza para dejar sitio al software.
Pagar más por menos
Estamos ante una «reduflación» tecnológica, donde quienes esperen al iPhone 18 o a la próxima generación de Android pensando que será un salto cuántico, deberían pensarlo dos veces.
El riesgo real es que acabemos pagando un sobrecoste significativo por funciones de IA que quizás no usemos a diario, mientras sacrificamos la calidad de componentes como el teleobjetivo, los materiales del chasis o la capacidad de la batería.
Hasta ahora, pagábamos por mejor cristal, mejor metal, mejores sensores. Pero a partir de 2026, una parte considerable de la factura irá destinada a pagar la «inteligencia» del dispositivo.
Ante este panorama, la estrategia de compra inteligente cambiará radicalmente. Los modelos actuales, como la serie Galaxy S25 o el iPhone 17, se perfilan como los últimos dispositivos equilibrados, diseñados y fabricados antes de que la crisis de la RAM estrangulara la cadena de producción.
Quizás sean la última oportunidad de comprar hardware sin concesiones en una temporada larga. Si hay que renovar, mirar a lo que ya está en la estantería puede ser más sensato que esperar a lo que vendrá.
Cabe hacerse una pregunta difícil antes de sacar la tarjeta de crédito: ¿merece la pena sacrificar la calidad de las fotos y pagar más a cambio de que el móvil sepa resumir mejor los correos electrónicos o generar imágenes?


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